Ariel Rot

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Tequila



B IO segun los 40 principales

En una época en que hacer rock and roll en español todavía era algo marginal, llegó Tequila para demostrar que no sólo era factible, sino que podía producir pingües beneficios. Porque, amparados en un look juvenil y glamouroso, aquellos chavales se convirtieron en ídolos de quinceañeras y desataron el fenómeno de la tequilamanía. Debido a ello, los rockeros "auténticos" les despreciaron y fueron tratados injustamente. El tiempo, como tantas otras veces, pondría las cosas en su lugar, y años después el legado musical de Tequila ha sido reivindicado y valorado en su justa medida. Porque los argentinos Alejo Stivel y Ariel Rot y los españoles Julián Infante, Felipe Lipe y Manolo Iglesias ofrecían rock and roll directo, fresco, desenfadado y entusiasta, con estribillos infecciosos y sólidas bases stonianas. Canciones como Dime que me quieres, Salta, Quiero besarte, Nena, Necesito un trago, Me vuelvo loco y muchas más acreditan la categoría del grupo, muy por encima de los productos para fans. Entre 1978 y 1981 grabaron cuatro álbumes en los que se pudo comprobar su evolución hacia una madurez que alcanzó su apogeo con el último, Confidencial (1981), que fue también el que menos impacto comercial consiguió. Pero Tequila vivió su condición de estrellas de rock hasta el límite, dejándose llevar por el derroche y los excesos, y aquello acabó pasándoles factura, propiciando su disolución. Diez años después, Ariel Rot y Julián Infante demostrarían con Los Rodríguez que su talento no había sido flor efímera.


Biografia por Juan Puchades

Cambiaron la visión del rock en un país triste y gris, provocaron entusiasmo, transmitieron vitalidad, elaboraron un repertorio cargado de excelentes y directas canciones, salían de la adolescencia y consiguieron un éxito inusitado, vivieron a tope bajo una bandera cuya leyenda era realmente -más allá de los tópicos-, sexo, drogas y rock and roll. La historia primero los condenó, luego, el buen sentido, los ha situado en un merecido lugar de honor.

En España nunca tuvimos unos Rolling Stones, pero, en el cambio de los años 70 a los 80, los adolescentes de este país estuvimos muy cerca de conseguir un muy digno equivalente con la aparición, en 1978, de Matrícula de honor, el primer disco de Tequila. Una banda que cantaba en castellano, y con deje bonaerense, canciones que conectaron rápidamente con nuestras propias insatisfacciones juveniles.
Cuando la trenca aún era prenda básica para sobrellevar el invierno y Adolfo Suárez navegaba entre el legado ("atado y bien atado") del dictador y un incierto futuro democrático; cuando los cantautores fueron protestones hasta el hastío; cuando el rock español abrazaba el sinfonismo más pesado, Tequila saltaron al ruedo pop con un grito imposible de pasar por alto: "un poco más de rollo no vendría mal / si no estoy colocado no puedo tocar". Sugerente invitación a pasarlo bien, a disfrutar de la vitalidad que imponen los 17 años, a dejarse llevar por la holganza y el hedonismo, a enviar a paseo tanta grisura encerrada en clichés inamovibles teñidos de respetabilidad democrática, de tanta crisis de petróleo y tantas gaitas. El viaje no lo hicieron solos, les acompañaban Burning -con su pose, desde el madrileño barrio de La Elipa, adulta y chulesca-, Ramoncín -desde Vallecas descubrió el valor mediático de los huevos (de gallina) y lo útil de ser el rey del pollo frito- y unos insatisfechos punkis llamados Kaka de Luxe -embrión de la "movida madrileña"-. Fueron la necesaria bisagra entre el gastado rock progresivo y la emergente nueva ola.
Las referencias iniciales de Tequila los situaban muy cerca de los Rolling Stones pero sin alejarse mucho de la inmediatez de los Faces y la soltura de la tradición rockera argentina; por el contrario, la actitud y la imagen tenían más que ver con el glam. Se merendaron a todos los grupos del momento y aunque la crítica les dio la espalda a ellos no les importó: eran "los Tequila" y no sólo soñaban con ser estrellas del rock and roll, lo eran, a pequeña y cutre escala local, pero lo eran.
La poca credibilidad que se ganaron por las fans que siempre gravitaron a su alrededor y el inexorable paso del tiempo les dejó maltrechos. Sin embargo, su trayectoria, aunque breve, fue lo suficientemente intensa para no olvidarla.

Dos pibes porteños
1970, Paco Ibáñez actúa en Buenos Aires y dos amigas acuden al recital acompañadas por sus hijos de 10 años y 11 años; los chavales, que no se conocen, se sientan juntos, coinciden en que aquello que están viendo, la poesía española de Ibáñez, no es lo suyo dado que ambos prefieren sonidos más fuertes, más rockeros. Aquel concierto es el inicio de una amistad que, con alguna interrupción, dura hasta la actualidad. Los niños son Alejo Stivel y Ariel Rot -en realidad, Stivelberg y Rotenberg-, compañeros de aventuras desde aquel día. Pertenecen a la intelligentsia argentina de origen judío, de ideas progresistas y profesiones liberales: el padre de Alejo es realizador de cine y televisión; el de Ariel dirige un periódico, mientras su madre, Dina Rot, es cantante. Pronto aprenden a alternar los juegos infantiles con atentas escuchas y posteriores imitaciones de los Rolling Stones, sus ídolos musicales. Inevitablemente, comienzan a componer sus primeras canciones adolescentes en los ratos libres que el colegio les deja.
Cerca de casa de Ariel está el local de ensayo de Sergio Makaroff, músico ya profesional que junto a su hermano Eduardo ejerce de francotirador del emergente underground porteño, -contrapuesto a los monstruos sagrados del rock argentino-, bajo el nombre de Los Hermanos Makaroff. Es en ese local donde Alejo y Ariel ven de cerca y por vez primera instrumentos y equipos profesionales. Aquello es la gloria.
Las cosas no pintan nada bien en Argentina. Año 1976: Videla está en el poder y comienza la parte más triste y oscura de la historia reciente argentina. Con buen criterio, las familias Stivelberg y Rotenberg ponen rumbo hacia España.

Ariel y Alejo, alrededor de dieciséis años, llegan a Madrid con ganas de comerse la ciudad. Todos los viernes se dejan caer por uno de los pocos lugares que programan rock, el New M&M. Por allí ven desfilar a los grupos de la época, Ñu, Asfalto... Un día, en aquel escenario, toca la Spoonful Blues Band, formación en la que militan Julián Infante (guitarra), Felipe Lipe (bajo) y El Oso (batería). Sus influencias tienen que ver con el rock sureño norteamericano, algo nada cool, pero a Ariel y Alejo les gusta cómo toca Felipe; tras el concierto se acercan y le comentan que tienen temas compuestos y les gustaría que trabajase con ellos. Felipe, en vista de que Ariel y Alejo no tienen ni equipo ni local de ensayos, decide pasar de ellos.
Tres o cuatro meses después Ariel recibe una llamada de Felipe: se han quedado sin guitarrista y le ofrecen hacer una prueba. En ella comienza a tocar canciones compuestas junto a Alejo: Rock and roll en la plaza del pueblo, Nena qué bien te ves y algunas otras de las que luego formarían parte del primer disco de Tequila. Ariel rápidamente es aceptado en las filas de la Spoonful Blues Band. Corre el año 1977.



Comienzan las primeras actuaciones y cambian el nombre por el más comercial de Tequila (al repertorio ya se han incorporado los temas "argentinos"). Pasa un año -en el que Ariel se hace cargo de la voz y la guitarra solista-, y tras un bolo aparece Vicente "Mariscal" Romero acompañado de Luis Soler, quienes avisados -"hay un grupo con dos sudacas guapos"- por Miguel Ángel Arenas, "Capi", quieren ver en acción a la banda. La reacción es inmediata: les ofrecen grabar un single para la recién creada Chapa Discos -filial rockera de la histórica Zafiro-, para ser incluido en el segundo volumen de Viva el rollo, serie de discos colectivos que aspiraba a tomar el pulso al incipiente nuevo rock madrileño.
Alejo está a punto de incorporarse al grupo como cantante, El Oso hace unos meses que se ha ido a la mili y su lugar ha sido ocupado por Manolo Iglesias, músico que asegura estar influenciado por el jazz. La formación definitiva queda así: Alejo Stivel (voz), Ariel Rot (guitarra solista), Julián Infante (guitarra rítmica), Felipe Lipe (bajo) y Manolo Iglesias (batería).
Todo va deprisa y unos días después de la firma del contrato la discográfica les propone una grabación televisiva (en el primer canal de TVE, la única emisora de televisión en España) en el concurso más importante de la época, el Un, dos, tres. Alejo todavía no ha ensayado lo suficiente con la banda y Ariel vuelve a ponerse frente al micro. Su primera aparición en 625 líneas resulta un desastre, los de Chapa les piden que toquen una versión de El rock de la carcel junto a un tema propio y los hábiles realizadores de TVE deciden cortar, fundir y remontar las canciones: principio, estribillo y final. Así se escribe (transmite) la historia del rock en este país.

El grupo acepta la condición de grabar el primer single con el propio Mariscal como productor. Es enero de 1978, y en los estudios Audiofilm se registran Necesito un trago y Buscando problemas, dos contundentes muestras de lo que son capaces de hacer estos chicos: vertiginoso rock juvenil sin contemplaciones aderezado con proclamas tan descaradas -entonces y ahora- como "lo que necesito es un trago para poderme estabilizar".
Los directores de Zafiro cazan al vuelo el potencial de la banda y deciden preparar el lanzamiento del LP, Matrícula de honor, bajo la ya conocida etiqueta Novola -en la que Los Brincos registraron sus míticos álbumes- en lugar de la novata Chapa. Empieza a verse por dónde va la jugada. En marzo graban los temas que formarán parte del disco de debut. Repiten estudios y equipo: Mariscal de productor, Luis Fernández Soria en las mezclas, Rubem Dantas en la percusión y Luis Cobos (sí, el posterior destrozaclásicos) en el saxo y el moog.



La portada ilustra a la perfección el contenido: inquietantes adolescentes con malas pintas en un aula escolar retratados, ya en la foto interior, con exceso de maquillaje y actitud provocativa. Los créditos se abren con una rebuscada frase de estudiantes rebeldes: "Este es nuestro primer LP. También nuestra primera matrícula de honor; la que no pudimos conseguir en años de escuela".
Matrícula de honor es fiel reflejo de la situación inicial del grupo. El repertorio se selecciona sin demasiados criterios de homogeneidad: se pasa del rock acelerado de Necesito un trago o Rock and roll en la plaza del pueblo a sedosos temas como Abre el día (compuesto por Ariel en el colegio), o los dos instrumentales (Israel y Vacaciones en Copacabana) de regusto tropical y jazzístico, en los que se notan las influencias de Manolo. La banda suena enérgica, descarada y colorista, pura invitación a la fiesta. Pero no sólo son divertidos, sorprende su dominio instrumental: guitarras frescas y explícitas, demoledora sección rítmica y Alejo escupiendo con desparpajo consignas lúdico-juveniles para superar el tedio diario.
En el estudio surgen los primeros desencuentros con Mariscal. Ellos no saben lo que es producir un disco, pero sí tienen claro que las guitarras distorsionadas y duras que tanto gustan a su productor no reflejan el sonido que pretenden alcanzar: prefieren una sónica más elegante (al final, la batalla no la gana nadie ya que conviven las dos tendencias salpimentando los múltiples estilos).
Con la grabación de Matrícula de honor aún caliente, vuelven a finales de mayo a Audiofilm para registrar, como banda de acompañamiento, Fiebre de vivir, primer trabajo en Madrid del histórico rockero argentino Moris. Un disco fundamental en la historia del rock español, que se beneficia del optimismo juvenil y frenético sentido del ritmo de los Tequila.
Pero Fiebre de vivir no es más que una anécdota en la trayectoria de la banda, que con su disco en las tiendas empieza a ver cómo van subiendo las ventas (Necesito trago ya los había dado a conocer), y las actuaciones se multiplican gracias, en gran medida, a Gay Mercader, manager que intuye las posibilidades del grupo (como los músicos, también es un rollingstoniano militante). En verano las plazas de todos los pueblos son suyas.

El disco, todo un genuino revulsivo para el panorama nacional, es excelentemente recibido por la crítica (Alejo: "la mejor crítica de nuestra historía fue la de Matrícula que Diego A. Manrique publicó en Triunfo") como ya pasara con sus actuaciones previas, pero, una vez empieza a venderse bien, ocurre lo que seguramente los músicos no esperaban: Tequila son adoptados por tropas de fans como ídolos musicales/sexuales/juveniles, fenómeno hasta entonces reservado a los cantantes melódico-guaperas del momento, los Pecos, Miguel Bosé, Camilo Sesto y demás. Así es que Tequila, surgidos en principio del underground madrileño y afines a colectivos como La Cochu, son tratados como estrellas mediáticas, con portadas en las revistas para fans del momento, con El Gran Musical y Súper Pop a la cabeza. Ha comenzado la tequilamanía y ellos están encantados, son jóvenes, y tienen casi todo lo que un tipo de su edad puede desear: dinero para funcionar, éxito, diversión, fama... drogas y sexo, mucho sexo.



Se comienzan a propagar rumores antipáticos, que en los siguientes años no cesarán. Se habla de manipulación de las fans por parte de la discográfica (ésta les daba apoyo logístico y estratégico, de ahí que muchas veces las pancartas fueran las mismas, o estuvieran rotuladas por la misma mano), se comenta que los padres de Alejo y Ariel financian campañas de promoción (algo que el segundo desmiente categóricamente: "nuestros padres no querían que nos dedicáramos a esto, así que de pagar nada"), se habla de grupo manipulado y todo eso que te puedas imaginar.
Y es que en la España de finales de los años setenta no estábamos muy acostumbrados a bandas como Tequila (realmente no estábamos habituados a casi nada), con su pose a medio camino entre chulos de barrio y glamourosas estrellas nacidas para triunfar. Carecen de complejos: no rechazan participar en los típicos festivales para fans (junto a la morralla del momento) y luego acercarse hasta primitivos festivales rockeros al aire libre como La noche roja (con Miguel Ríos como promotor) o Canet rock (en el que compartirían escenario con Ultravox y Blondie). Pese a su actitud claramente rockera, su credibilidad se va resquebrajando (tampoco ayuda mucho que Mariscal hable de "vendidos" y tópicos asi).
Tequila, mientras tanto, viven en su propia y esplendorosa burbuja, siguen refugiándose todas las tardes en el local de la calle Arturo Soria -una chabola en medio de un descampado-, para ensayar, fumar porros y componer canciones ajenos al ruido urbano. Alguno todavía vive en casa de sus padres; no es el caso de Julián (el más mayor de todos, nació en 1957), casado unos años antes y padre de una criatura, detalles que en las enloquecidas entrevistas de la época él mismo oculta. No hay que olvidar que Julián siempre ha poseído un portentoso sentido del humor, vitalista y contradictorio.
En ese local nacen la mayor parte de sus canciones, habitualmente compuestas sobre un riff de Julián o Ariel y terminadas de pulir por Ariel y Alejo, con textos, casi siempre, de este último. Los temas rápidamente se incorporan al directo, de tal manera que al entrar en el estudio, las canciones ya andan solas; se improvisa el arreglo final, tanto que las versiones de los discos no son necesariamente iguales a las de directo.

Tras un año sin parar de tocar, en el verano de 1979 se graba el segundo álbum, Rock and roll, con importantes novedades: cambio de estudios (se instalan en los madrileños Torres Sonido) y deciden hacerse cargo ellos mismos de la producción. El sistema de trabajo parece sencillo: "íbamos al estudio con las canciones ya rodadas, hacíamos varias tomas y a esperar que el ingeniero sacara un buen sonido" (Ariel). Fácil, ¿no? Sin embargo Rock and roll es una de las mejores producciones de rock realizadas en España hasta ese momento (cierto que el listón no estaba muy alto).



Pero vayamos por partes: lo primero que llama la atención es la carpeta -un lujo (con póster incluido) ideado por Juan Gatti, diseñador ya fogueado en Argentina en el diseño de discos-, atractiva y elegante al tiempo que claramente enfocada como producto juvenil, sin olvidar su punto macarra: el vestuario no tiene desperdicio (han arrasado las tiendas de chicas de la madrileña calle Serrano, menos chic que irse a Londres, pero funciona) y la Gibson Les Paul color oro de Ariel -años después se la robarían- es una meditada bofetada a la cutrez de sus contemporáneos. Desde este trabajo sus sucesivos discos se van a caracterizar por el cuidado en el envoltorio, siempre con Gatti como cabeza pensante y Javier Vallhonrat como fotógrafo, incluyendo pegatinas, "galletas" de un buen gusto insultante y tiradas en varios colores.
Una vez Rock and roll comienza a girar en el plato sorprende la calidad y claridad del sonido, a años luz de Matricula de honor. El repertorio no le va a la zaga, desde rotundas piezas como Quiero besarte o Me vuelvo loco a novedades como el reggae de El barco y el concepto pop de Todo se mueve. Además del Mister Jones, de Charly García, y la tórrida Rock del ascensor, de Sergio Makaroff (ya incluían en el primero disco una canción suya), el amigo bonaerense que ha seguido su pista y se ha instalado en Barcelona para iniciar carrera en solitario.
Con Rock and roll Tequila alcanza su mayor punto de ventas, 160.000 ejemplares (de 1979, o sea, una barbaridad) y los bolos se suceden bajo la batuta de Gay Mercader, amigo y protector antes que manager. Gay los introduce en la Barcelona de esos años, fascinante, canalla y culta, de la que quedan prendados. En las visitas a la ciudad se alojan en casa de Gay, esté o no esté él; le piden las llaves y se quedan allí asaltando la despensa (aunque a principios de los ochenta cambiarán de manager ya que con Gay, que sigue promocionando visitas de estrellas foráneas, no logran cubrir todas las expectativas que creen pueden alcanzar).
Viven en la carretera, tocando todos los fines de semana del año, y todavía cae alguna actuación entre semana, se conocen las discotecas, ferias y plazas de toros de todo el país. Son el fenómeno del momento, pero ellos, en su inconsciencia juvenil, no ven demasiados beneficios: unas veces tocan por todo el caché -no demasiado alto- y otras por lo que salga. Pasan del dinero -pese a que en las entrevistas de esos años hablan y no paran de la pasta que quieren ganar-, nadie maneja sus cuentas (ni ellos), piensan que el rock and roll es así de caótico, son cada vez más famosos y se encierran en sí mismos y su propio grupo de amigos (más algún camello allegado), creando un círculo difícil de penetrar y una relación casi de hermanos.
Son los años felices: pese a lo inestable de sus cuentas bancarias, se compran un equipo de sonido y luces -todavía es difícil el alquiler de equipos en condiciones- y una furgoneta con la que recorrer el país. Ignorando lo precario de las infraestructuras de esos años, la vida en ruta es una aventura fascinante y ellos se entregan en cada concierto.
Consumidores habituales de marihuana, fuman en cualquier sitio (en la primera visita a Barcelona han tenido un encuentro con la policía por haber fumado porros en el avión y llevar unos talegos en el equipaje). Pero cumplen todo lo que se les pide: promoción incansable de ciudad en ciudad o el ritual de la firma de ejemplares en grandes almacenes de los que, en más de una ocasión, salen custodiados por la policía; en otras, frente a las nulas medidas de seguridad, lo hacen por piernas ante el acoso de las fans. Ah, ellas: las más atrevidas les esperan a las puertas de los hoteles. Ariel: "en ese sentido Tequila nos mal acostumbró bastante".

En 1980 el panorama del rock español comienza a cambiar: la nueva ola amparada en la incipiente movida madrileña da sus primeros pasos y Tequila se queda como puente entre el rock inmovilista y los brillos del nuevo pop. Pero nadie les hace sombra en ventas y actuaciones. Todavía.
Para la grabación de Viva! Tequila! se trasladan hasta Londres: Alejo tiene alli un contacto, el ingeniero de sonido Peter McNamee. Será en su estudio, Central Recorder, donde dan forma al tercer álbum. El viaje supone otra curiosa experiencia y refleja lo precario del rock que se hace en España: Zafiro les entrega en metálico el dinero para la grabación, más o menos un millón de pesetas, que ellos se reparten y camuflan para pasar la aduana. En Londres, como buenos chicos, le dan la pasta a McNamee que lleva la administración del dinero y la organización.
En el estudio el control está separado de la sala de grabación, uno en un piso y la otra en el de abajo (la comunicación se establece por medio de interfonos). Así se graba un disco coproducido con McNamee, que colabora principalmente en buscar la sonoridad adecuada. En la parte musical es el grupo quien lleva el peso de las canciones. Todo muy artesanal, para registrar un sonido poderoso y transparente. Pese a contener un repertorio contundente y sin desperdicio (Mira a esa chica, Es sólo un día más, No llores, Dime que me quieres...), Viva! Tequila! se vende menos que el anterior, aunque las actuaciones se suceden incansablemente.

En 1981 llega uno de los capítulos más oscuros de la historia de la banda: el disco japonés, otra de esas historias alucinantes en las que estos ingenuos se embarcaban. Todo comienza cuando Zafiro les anuncia que hay un sello japonés interesado en lanzarlos allí; como siempre, ellos aceptan encantados sin saber de qué va la cosa. Los nipones anuncian su visita a Madrid, pero con el escándalo de la intoxicación por aceite de colza por medio, prefieren reunirse en Londres. Allí se presentan sin nadie para asesorarles. Les proponen lanzar un LP con algunas canciones propias grabadas en inglés (y traducidas por los japos) y dos versiones de éxitos de Leif Garret (Forget About You y All My Love Always), no ponen objeciones; siempre queda la esperanza de, si el asunto tira para adelante, sacar los siguientes discos japoneses sólo con sus canciones.
En Londres meten las voces sobre las bases ya grabadas (en las de Leif Garret ni tan siquiera tocan ellos) y el disco se edita bajo el título de Viva! Tequila! , aunque no tiene nada que ver con el álbum español del mismo nombre. En Japón se les lanza como carnaza para fans e incluso aparecen en portada de alguna importante revista musical nipona (compartiendo espacio con Stray Cats y Adam And The Ants).
¿Cómo acaba la aventura asiática? Con diez mil discos vendidos, una miseria para ese mercado, y sin más noticias de sus promotores orientales. Fin del sueño de exportar la tequilamanía.

El desgaste del grupo empieza a pasar factura: la heroína -con tan buena imagen en aquellos años- ya ha hecho acto de presencia en la banda; han abandonado, tras un robo, el local de Arturo Soria y se trasladan al centro de Madrid. Con el cambio se pierde el encanto inocente de los primeros días; se dan cuenta de la importancia del dinero que no han ganado. Están en lo más alto y no paran de trabajar, pero, Ariel, por ejemplo, no puede ni pagar el alquiler y se ve obligado a volver al hogar familiar. Además, quieren buscar nuevas orientaciones musicales: los Clash, entre otros, forman parte de la nueva dieta sonora.
Para el cuarto LP, Confidencial, repiten ciudad, Londres, y coproductor, Peter McNamee. Eso sí, mejoran los estudios -ahora, Marcus Music- y se cuenta con algún colaborador ilustre, Mike Gallagher, teclista que ha trabajado, precisamente, con los Clash. El sonido vuelve a ser deslumbrante y las canciones reflejan fielmente los cambios en la banda: más contundencia, mayor trabajo de arreglos y una cierta madurez cargada de pesimismo en los textos.



Ni el despliegue publicitario (incluyendo vallas en las calles) ni éxitos como Número uno o Salta!! logran arrastrar las ventas de Confidencial, 50.000 ejemplares, muy por debajo de las cifras de sus mejores momentos. Lo peor es que en el estudio han surgido problemas y Felipe es llamado al orden; para mayor caos interno, al poco de acabar la grabación deciden expulsarlo. En los directos se incorpora al bajo Álex de la Nuez, recién salido de Zombies y que vivirá sus cinco minutos de gloria unos años después junto a Christina Rosenvinge en el dúo Álex y Christina.
Las cosas no sólo van mal en lo privado: el público se ha ido endureciendo y en Barcelona -en un concierto junto a Ian Dury- 200 tipos organizados les están esperando con un arsenal de botellas que estrellan contra ellos (en el sentido más literal). No pueden ni acabar la primera canción, se retiran entre explosiones de cristales. Las peores actitudes punk han llegado tarde a España, pero finalmente están aquí.

Ya se sabe: todo lo que puede empeorar, empeora. A los problemas de drogas (creciendo día a día), de entendimiento musical y distanciamiento personal, se suma una jugada maestra de Zafiro (años antes, la compañía ha registrado el nombre del grupo como suyo; malicia empresarial se le llama a eso): el contrato que tenían ha vencido y la dejadez les hace olvidar que deben enviar una carta a la discográfica para frenar la renovación automática. Se ven encadenados por cinco años más con las condiciones de cinco años atrás. Ariel: "es como si te quedara un mes de cárcel y, de pronto, descubres que tienes que cumplir cinco años más, una pesadilla". Para colmo, unos años después, y atados por ese mismo contrato, tienen que renunciar a los royalties de sus discos para lograr la carta de libertad. Sólo en los últimos años han logrado recuperarlos.
Nadie dirige nada y todo son problemas. Zafiro no quiere que graben el siguiente disco con McNamee y empieza a ser traumático sólo pensar en la posibilidad de entrar en el estudio. Además, en la dirección de la compañía ha habido cambios y los nuevos responsables sólo confían en Obús y Barón Rojo, bandas de rock duro que logran sustituir a Tequila en ventas. El quinto LP se queda en una maqueta de seis canciones, en las que Álex y Ariel se alternan en el bajo. De las baterías se hacen cargo Toti Arbolés y Julián: Manolo hace poco también ha abandonado el barco.
El final está cerca. Ariel, cada día más harto, lo está pasando mal: tiene otras intenciones musicales que no puede desarrollar con Tequila (cercanas al planteamiento de sus dos primeros discos en solitario) y decide marcharse ante la indiferencia de Julián y Alejo. Nadie dice nada, ni se plantean continuar adelante. Ariel: "creo que en esos años, con toda la locura que nos rodeaba, no calibré demasiado la decisión y la tomé espontáneamente, fue un estallido mío".
Se venden por cuatro duros la furgoneta, pasada de kilómetros, y el equipo, viejo y desfasado. Eso es todo lo que queda. Es 1983 y la aventura ha durado seis años. Los mismos que tardarán Alejo y Ariel en volver a hablarse.

La historia del rock español no ha sido nada benévola con Tequila, ignorados cuando no denostados con el argumento del exceso de comercialidad. Sólo en los últimos años, y en gran medida gracias al éxito de Los Rodríguez, se les empieza a situar en su justo lugar: como tremendos compositores e intérpretes de algunas de las mejores canciones que el rock español ha facturado. Los años vividos fueron explicados perfectamente por Julián a Pepo Fuentes en una entrevista publicada en 1990 en la revista Boogie: "Ahora todo el mundo escucha a Tequila, a todo el mundo le gusta. Pero hace unos años, llegabas a casa de cualquiera, veías un disco de Tequila y, por alguna especie de prejuicio, se disculpaban y decían cosas como 'no, no, es de mi hermano' o 'me lo han regalado'. Es muy difícil que te perdonen el éxito".
Su actitud y talento abrieron puertas a gran parte de la música que hoy conocemos. Sin ellos nada habría sido lo mismo; así lo entendieron en DRO cuando, en 1996, reunieron a la plana mayor del pop nacional para grabar el tributo Mucho Tequila!, en el que personajes como La Unión, Revólver, Seguridad Social, Christina Rosenvinge, Marc Parrot, Charly García, Joaquín Sabina y varios más rendían pleitesía a un legado musical que mantiene su vigencia y la capacidad para entusiasmar. Para la presentación del disco se reunieron los supervivientes -Alejo, Ariel, Felipe y Julián- en un escenario del Círculo de Bellas Artes madrileño, aunque nadie se atrevió ni a sugerir que tocaran algo.
Eso sí: superados los contenciosos con Zafiro, finalmente se entendieron con el nuevo equipo de su antigua discográfica y recuperaron en 1999, para el recopilatorio Tequila Forever, tres canciones de la maqueta preparatoria del quinto disco, un tema en directo y una versión skatalítica de Tequila.